Por Quetzalcóatl Rodríguez.

Cordial y siempre confortable recibimiento el que ofreció en días pasados el Centro Cultural “Tres Marías” a la familia taurina moreliana, esta vez al llamado de la presentación del libro: “Los toros: 500 años prohibición y defensa”, cuya autoría corre a cargo del doctor Marco Antonio Ramírez Villalón, acompañado aquella noche por los comentaristas Pepe Saborit, Paco Doddoli, Salvador García Bolio y Julio Téllez García, quienes desde la perspectiva empresarial, de matadores, artístico cultural y medios de comunicación, dieron refuerzo a los argumentos del texto presentado.


Un libro taurino, sí, pero más que eso un libro de cultura, historia y tradición, lo mismo para el neófito que para el conocedor, que de forma amena y sustentada dejará en claro los procesos prohibicionistas que dan marca especial a la tauromaquia a lo largo de la historia. En división de tres capítulos, donde primeramente el autor nos narra los antecedentes históricos sobre las prohibiciones y defensas promulgadas por papas, reyes y teólogos de España en el periodo 1500-1810.


Un segundo capítulo con recorrido por el periodo colonial, los concilios mexicanos y el virreinato para cerrar con el llamado México independiente hasta nuestros días; texto con epílogo y sus muy sustentadas fuentes bibliográficas que harán comprobar y reflexionar al lector sobre un fenómeno –el taurómaco– que ha vivido y soportado, en muchos lugares donde se desarrolla, ataques de diferente calado.


Cabe mencionar que las sociedades donde existe la tauromaquia se han visto inmersas en batallas históricas entre apologistas y detractores, pero en cada periodo por situaciones muy diferentes, como ocurrió en los siglos XVI y XVII desde el punto de vista religioso y de la moral, o en el siglo XVIII, con el acicate de paradigmas político-filosóficos y hasta el siglo XX por motivos animalistas. De lo táurico-taurino resultaría entonces un debate nulo con sus antagonistas, ya que el entendimiento del espectáculo y del rito taurómaco se abre o se cierra en la medida que cada persona sea capaz de percibir, desde su particular sensibilidad, la realidad intrínseca del juego táurico, es decir, el dominio estético artístico del torero ante el toro. Ante esto, el autor nos recuerda que “la tauromaquia ha sido atacada pero no derrotada, por lo que sigue vigente y en todo su apogeo”.