Luis Castro.

Está enferma y es el blanco de sus francotiradores. Lo primero se lo debe a los que se dicen sus amantes, lo segundo a sus acérrimos enemigos. Es el caso que amigos y enemigos la están aniquilando. La víctima: la fiesta brava.

Que sus acérrimos enemigos, los antitaurinos, convertidos en francotiradores le estén disparando para matarla se entiende perfectamente, si no, no fueran sus enemigos.

Pero que los que dicen ser sus amantes le estén dando un trato patogénico, no se entiende. Lista encabezada por ganaderos y toreros, sin rezagarse mucho empresarios, jueces de plaza y el público. Y que en vez de proporcionarle asistencia clínica sean sus patóforos (pato = enfermedad; phoro = que lleva o transmite) suena a historia de locos.

Los ganaderos y toreros son los primeros. Porque han construido una fiesta brava sin bravura. Ambos, en complicidad y contumacia. Aunque es de justicia señalar que uno que otro ganadero escapa de esta complicidad porque sí tienen bravura y fiereza en su ganado, pero por eso no son comerciales.

El concepto de que el toro que pelea con el caballo del picador es bravo parece obsoleto, más bien incompleto. No es suficiente. Porque en la actualidad casi todos los toros que salen a los ruedos mexicanos pelean, unos más, otros menos, con los caballos, pero cuando llegan al último tercio son unos borregos con apariencia de inofensivos que infunden lástima en vez de temor o respeto. No hay fiereza.

El toro mexicano ha llegado, lo han llegado, a ser un torito de cuerda, de embestida suavecita, suavecita, como educado a ir siempre tras la muleta, sin fiereza, rehiletero girando siempre alrededor del torero sin ponerlo en el mínimo aprieto, sin tirar una cornada, sin saber que tiene cuernos o para qué los tiene, sin codicia, sin pujanza en sus embestidas sino apenas andando al trotecito como si anduviera en el desfile del 16 de septiembre.

Y a ese es el que llaman ahora toro bueno. Esos son los toros que hoy, y desde hace años, se indultan por todas las plazas. Y como el indultado es regresado a la dehesa para padrear, sus características, esas de torito rehiletero, se han venido heredando hasta llegar a la ganadería ¿brava? mexicana actual. Hasta llegar a la penosa postura de considerar malo al toro que tiene fiereza y bravura de verdad, al que ataca con pujanza, al que embiste alargando el cuello para cornear de verdad a lo que tenga enfrente.

En la décima corrida de esta temporada 2011-2012 de la Plaza México José Mauricio enfrentó en el primero de su lote a un toro de La Estancia bravo de verdad, fiero, codicioso, con pujanza y, por lo tanto, con toda la sensación de peligro que tiene un toro así; los narradores de la televisión lo calificaron una y otra vez como toro malo, complicado y peligroso. Basta ver el vídeo de esa faena para comprobar que el toro fue bueno. José Mauricio le plantó cara y lo toreó muy bien. Cada vez que lo llevaba bien templadito el toro pasaba completo, encelado tras la muleta, sin revolverse antes de concluido el pase y alargando el cuello para coger. Estaba en el ruedo el toro emotivo.

Pero ese toro no lo quieren los toreros porque los fuerza a arriesgar, quieren el torito rehiletero, ese que yendo al trotecito y sin pujanza le puedan dar pases de vuelta entera, que no los ponga en aprietos, que no les exija demasiado oficio. Se cierra el círculo vicioso. Si el ganadero cría toros como ese de José Mauricio nadie se los quiere torear. No vende. Debe criar al torito sonso para que los toreros los pidan. Y entonces vende.

¿Consecuencias? Varias, pero dos son las más importantes. Una, que ante tanta docilidad y falta de fiereza y pujanza del toro mexicano actual, como dan la apariencia de inofensivos, los antitaurinos más se compadecen de ellos, lo que ven es una masacre de animalitos indefensos. Se les ha dado más armamento a los antitaurinos para que luchen por la abolición de la fiesta brava que ya no es tan brava. Otra, que por eso, entre otros motivos posibles, la gente no asiste a las plazas como se quisiera, porque el toro carece de emotividad. La gente no ve peligro, aunque realmente sí lo haya y, por lo tanto, no le otorga mérito al quehacer del torero. Mejor se queda a ver el futbol en la televisión. Se emociona más.

Y si quiere usted más consecuencias, aquí tiene una tercera: Por eso los toreros que van a España, salvo los que se han hecho allá, regresan totalmente devaluados, porque carecen de oficio para poder con el toro español que no se parece al sonso de acá, oficio imposible adquirir con los toritos rehileteros y sin fiereza de México. O por eso no pueden competir con los toreros españoles.

Pero eso, en complicidad y una contumacia imposible sacarlos de allí, ganaderos y toreros tienen severamente enferma a la fiesta de los toros en México. Y repito, es de justicia señalar que uno que otro ganadero mexicano se escapa de esta complicidad porque sí tienen bravura y fiereza en su ganado. Y los jueces de plaza que indultan al torito rehiletero porque embiste dando vueltas y vueltas alrededor del torero sin ponerlo en el mínimo aprieto, también la tienen enferma. Y el público que pide el indulto de esos animalitos de cuerda, también.