Por Rafaelillo M. 

 

Hay dos clases de críticos taurinos, el que ama la fiesta y pretende enderezar caminos torcidos señalando errores, con el afán de mejorar a los diestros indicándoles el camino a seguir, para que la fiesta bravía cuente con artistas de diáfano enseñanza y legítimo estilo. Este es un crítico constructivo y de sana intención.

La crítica del segundo, es destructiva, demoledora; su pluma destila hiel y carroña; la antipatía que se funda en la pasión y la envidia construye su emponzoñada y principal fuerza. Sabido es que si el torero no se prodiga con el comentarista, pasa a engrosar la fila de enemigos del “criticón”.

En muchas ocasiones el cronista es un ex-torero fallido que no logró ser tan bueno como el que censura y que roído por la envidia no tolera triunfos ajenos.  En la mayoría de los casos el móvil es el fanático apasionamiento de villamelón disfrazado de escritor partidarista, escaso de honradez y lleno de veneno.

El primero esgrime la palabra impresa para edificar estructuras de arte excelentes, tratando de depurar el gusto de los públicos, enseñándoles el conocimiento que descubre la belleza verdadera del arte taurino.

El segundo echa mano de la poderosa palabra impresa, que se incrusta hondo en una gran mayoría del público lector para falsear la verdad y de esta manera se elevan figuras mediocres y toreros maletas a grandes alturas, elaborando comentarios de perfumada literatura en honor del que puede dar más, y se relegan al montón de la indiferencia y el olvido a muchachos que hubieran podido honrar la teoría mexicana.

Lejos de desgranar sonoras ovaciones y quemar el incienso del elogio en honor de lo espureo. La crítica debería aplaudió lo genuino y enfatizar lo censurable. Haciendo empeñosa labor edificante, instruyendo y orientando a toreros y públicos, diciéndoles por ejemplo, que un pase natural con la franela es de mayor mérito que diez “manoletinas” o media docena de molinetes de rodillas, marcarles la diferencia entre la verónica y su caricatura la “embarradilla”, etc.

Muy abominable es la crítica que se perfila con mala intención, pero de frutos excelentes la que se hace en beneficio de todos.

En éstos comentarios dominicales hemos aplaudido lo que consideramos digno de elogio y sin ambages hemos reprobado aquello que debe rechazarse, sin ápice de dolo ni compromisos particulares con toreros ni personas conectadas en forma alguna con la fiesta. Si es usted lector de estos comentarios, fácilmente podrá recordar y confirmar esta aseveración. Le aseguramos que en la temporada 1960 – 1961 que acaba de iniciarse, conservaremos la misma trayectoria, porque el autor de estas líneas solo está la servicio de la fiesta de toros.

Propiedad de Josué Muñoz.