Pablo del Toro.

Seguramente todos recordaremos aquellos días en los que uno llegaba a casa regodéandose de alegría por haber obtenido el único nueve de todo el salón en el examen de matemáticas, para ser recibido con la siempre destructora pregunta parental: “¿Sacaste 9? ¿Y por qué no 10?” Momento exacto en el cual nuestras ilusiones iban directo al suelo. Una vez recordado esto, me inclino por ser el aguafiestas y preguntar:

“¿Y por qué no 10, Diego?”

Repasando las bases del reglamento taurino, se entiende que el corte de rabo es el máximo trofeo. Es decir, no hay nada más allá. Es el tope, el techo de la calificación taurina. Por lo mismo, se entiende que una faena de rabo implica la perfección. Porque cortar un rabo equivale a sacar 10 en un examen; y no se puede sacar 10 si no tienes todas las respuestas correctas. Cierto es que la apreciación es un factor importantísimo; que merecía más de dos orejas, pero no el rabo. Que protestar el rabo sería injusto, pero negarlo también. Que la estocada fue defectuosa, pero mató a la primera. Que el toro era extraordinario, posiblemente uno de los mejores tres que han pisado la arena de La México en muchos años. Y por eso, potencialmente, la faena tenía para muchísimo más. Porque “Charro Cantor” de Los Encinos murió con un pitón izquierdo dolorosamente desaprovechado; que de haberse explotado, habría sido un ejemplo de libro de texto para un indulto; o en su defecto, un ejemplo de libro de texto de una faena indiscutiblemente de rabo. Diego Silveti, a pesar de haber estado inmenso, me dejó una sensación de vacío por no haber explorado más ese pitón izquierdo, que era una mina de diamantes.

Increíblemente, siendo el más joven de los tres alternantes, Diego Silveti fue el que más reposo e inteligencia tuvo, a final de cuentas. Alejandro Talavante traía las revoluciones a tope, y por más que se esforzó en crear un catálogo de adornos toreros, no terminó por convencer. No fue hasta que decidió estarse quieto que le arrancó una tanda de valiosísimos naturales a su primero. No deja de ser un torero de sello propio, cosa que se le agradece.

Guillermo Capetillo, por su parte, olvidó aceitarse las articulaciones y toreó tieso y con poca transmisión. Lo único que hizo fueron como dos muletazos a su primero y en su segundo no quiso ni arrancar. Desmotivado, desangelado, sin chiste y sin carisma. No se ve como en la tele.

Por cierto, ya nadie se acuerda, pero el subalterno Javier Escalante le quitó una cornada de encima a un compañero que banderilleaba, y pienso que merece una mención especial por ello.

Qué orgulloso debe estar de ti tu padre, Príncipe Diego. Donde quiera que esté, seguro que gritó: “Ése es m’ijo” y aventó un sombrero a la arena con el rostro lleno de lágrimas. No era para menos.